Y ella me pide que use mis propias palabras para hablarle. Pero cómo lograrlo cuando el pensar en ella me provoca una ceguera de luna, una ráfaga de luz que deja inerte mi ser. Mejor le cuento que hace un tiempo yo soy una parte de esa constelación de estrellas que corren por sus venas, o un planeta lejano y perdido que se fue poco a poco hacia el centro de su corazón. ¿Me acusará la Luna de frescura por hablar yo de ella? ¿Por qué ella confiaría en mí? Pues confiaría porque yo le entrego mi abismo, mis sombras y mis luces. Los años desvelaron capas de misterio y los seres, a la distancia, se siguieron uniendo con el paso del tiempo. Y hoy parecen coincidir en un futuro cercano. Y cómo no entusiasmarse, querida Luna, si uno en las noches de soledad imagina futuros junto a ella, y uno le añade felicidad y plenitud y honestidad al imaginado encuentro. Como el fruto en su punto, la madurez nos libera del tronco y salimos a recorrer la locura y su mundo maravilloso. Se apaga el miedo con el brillo de nuestros ojos, y ahí estamos, sentados alrededor de nuestro propio fuego. Y nos miramos, frente a frente, directo a los ojos, en la distancia de los días.
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Coke